y cálido de la búsqueda
nos llama y despertamos
envueltas en silencio
y en el manto sombrío
y suave de la noche
navegamos muy cerca
de los edificios
huidas de la luz alta
de los hombres y del
solitario ruido
y distante del metal.
Allí los ojos de un hermano
nos observan,
allí un chillido ciego
delata nuestra senda,
parecemos reptar
sobre la astuta sombra
que precede nuestros pasos
o nos sigue.
Bajo la niebla alta
y oscuro verde,
muy cerca de las raíces
que alzan su fuego hacia nosotras
nos tendemos,
un resplandor sutil,
ineluctable separa la tierra
y el oscuro azul del cielo.
Es la hora:
descendemos a los sueños.

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