miércoles, mayo 25, 2011

De los amores invisibles

Caía la tarde y un aroma de azahar envolvía el parque, la sombra veloz de unas alas chilló entre las cárdenas nubes a lo lejos y un dios olvidado se sentó a contemplar como la oscuridad se posaba sobre la negra tierra.
Un joven de ojos verdes le miraba intentando retener lo imposible en su retina, pensar sobre lo impensable, imaginar lo prohibido. Y una y otra vez volvía a la misma hermosa imagen, al mismo pensamiento poco a poco oscurecido. Al fin casi de piedra, el dios paso a su lado.
Tan inmóvil, como la mimosa que hace tiempo de allí arrancaron, no logró más que su piel se estremeciera en invocación ahogada y póstuma.
Pero lo oyó el dios tan terrible como siempre, innombrable, y mirando triste la viva faz de la noche sempiterna le hablo con palabras invisibles.
- Muchas noches tengas, y no pueda dañar el tiempo la hermosa estatua de tu cuerpo. Tarde, cuando tus mientes exhaustas de contemplar el mundo me deseen, en las bastas regiones sin aurora, te esperare; pero ahora, vamos, vive y sáciate de mi cuanto puedas, para que cuando los perspicaces ojos de mi esposa te contemplen no vean sino un compañero.
Partió el dios dejando el sabor rojo de la muerte en su hermosa estatua con la faz sempiterna de la vida.
(reinventando mitos I)

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