La limonada se esparcía con luz gris entre sus manos. "Ni me oirás pronunciar tu nombre en busca de consuelo". La dejó sin probarla encima de la mesa del jardín y se levantó con una brisa que se oscurecía detrás de la florecida madreselva. La única alegría de su casa dormía profundamente olvidando la tarea de mantener fuera el silencio. "Jamás fuimos para ellos más que juguetes abandonados: marionetas sin destino. Tu lo viste". Deshizo sus alas en el aire antes de atravesar el umbral y subir sin ruido los peldaños vacíos de la pulidas escaleras. Era la hora del despertar, del desayuno entre sus ojos atentos y del paseo junto a su nunca padre, siempre maestro. "¿En quien más podemos confiar?, por ti bajaría a los infiernos: esto es sólo la tierra". Dejó descansar su mano en la jamba suave de piedra gris y apoyó lentamente el resto de su cuerpo, mientras, sus ojos se perdían en el sueño de la niña tendida blandamente sobre el lecho: La Luminosidad del Sueño. "Por ti tiene sentido". Con un quedo suspiro se sentó a su lado y apartó con delicadeza unos despistados mechones del rostro durmiente de su no hija. La llamó tres veces como invocación perdida entre la luz."Prométeme que me esperarás".
-¿He dormido mucho?- Abrió sus ojos de ámbar y miel y le sonrió aún en el despertar. La casa se desperezó en su bostezo y él le devolvió la sonrisa sin esfuerzo.
- Si, estás hecha toda una dormilona... -La observó levantarse de un salto y correr a por sus botas.
"Sobreviviré y pensaré en ti"
- Hoy tienes la mirada triste...- dijo ella al volverse, inmóvil, en medio de la luz blanquecina del cuarto. Otra sonrisa más antes de levantarse.
- Eso es porque llevo esperándote mucho rato para desayunar...
Sus brazos de niña y su liviano peso le rodearon el cuello mientras bajaban las escaleras, para que la cogiera a caballito.
-... mentiroso...- murmuró, prohibida la palabra, a su oído.
"Siempre".